domingo, enero 11, 2026

Buenos Aires, una noche de invierno. 1989. Diego acaba de volver de Italia...

 







Buenos Aires, una noche de invierno. 1989.

Diego acaba de volver de Italia,
Llegan a un semáforo en rojo. Y entonces aparece un nene. 10 años. Flaco, ropa rota. Zapatillas que ya no son zapatillas, solo pedazos de tela.
Camina entre los autos con un paquete de pañuelos en la mano.
Golpea la primera ventanilla. El conductor mira para otro lado.
Finge que el nene no existe. Golpea la segunda ventanilla, Golpea la tercera. Nada. Nadie quiere pañuelos.
El nene llega al auto negro. No sabe quién está adentro. No puede ver a través de los vidrios polarizados. Golpea. Adentro, Diego lo mira y dice:
—Pará el auto.
El chófer frena.
—Diego, el semáforo ya cambió. Nos van a tocar bocina.
—No me importa. Pará. El nene se acerca con los pañuelos.
—Le vendo uno, señor. Son buenos. Tres por 10 pesos.
Y entonces ve la cara. Se queda paralizado.
El nene quiere hablar, pero no le sale nada. Quiere decir algo, pero las palabras se le traban en la garganta.
—¿Cómo te llamas?
—Rodrigo.
—¿Cuántos años tenés, Rodrigo?
—Diez.
—¿Dónde vivís, Rodrigo?
Señala hacia el sur. Hacia las villas.
Hacia los barrios que la gente con autos caros prefiere no pasar.
—¿Tenés mamá, Rodrigo?
—Sí.
—¿Vas a la escuela?
Rodrigo baja la mirada. La vergüenza le pesa a veces.
—Cuando puedo. Pero tengo que trabajar. Si no trabajo, no comemos.
Diego siente algo en el pecho. No es tristeza. Es otra cosa. Es bronca. Una bronca vieja que nunca se fue. Una bronca que lleva adentro desde que tiene memoria. Bronca contra un mundo que deja que un nene de 10 años trabaje en la calle, en vez de estar en la escuela, en vez de estar jugando a la pelota con sus amigos, en vez de estar siendo un nene.
Porque él conoce esta historia. La vivió. La sufrió. La única diferencia es que Diego tuvo una pelota y tuvo alguien que creyó en él cuando nadie más creía. Este nene no tiene nada. Solo pañuelos y frío.
Diego abre la puerta del auto.
—Subí.
El chófer se da vuelta, la cara de preocupación.
—Diego, ¿qué haces?
—Vamos a la casa del pibe.
—¿Estás loco? A la villa. A esta hora. Vos sabés lo que puede pasar. ¿Sabés lo peligroso que es?
Diego lo mira.
—¿Vos sabés de dónde vengo yo? ¿Sabés dónde nací? ¿Sabés lo que es Villa Fiorito?
El chófer no responde.
—Yo crecí en un lugar igual que ese oh Peor tal vez. Y si hoy estoy acá es porque alguien me dio una oportunidad. Alguien creyó en mí.
.Vamos a la casa del pibe. Y no quiero escuchar una palabra más.
El chófer sabe que no tiene sentido discutir. Cuando Diego decide algo, no hay fuerza en el mundo que lo haga cambiar de idea.
Hacia diez minutos ese nene era invisible. Ahora estaba sentado al lado de Maradona, al lado del hombre más famoso del mundo.
El auto de Diego llega al lugar y entra despacio. Las ruedas se hunden en el barro. El chófer -
Diego, esto no me gusta. Deberíamos volver.
Diego no responde. Mira por la ventana. Ve las casas, ve la pobreza, ve los nenes jugando en la calle a pesar de la hora.
Ve su propia infancia. Ve Villa Fiorito. Ve todo lo que dejó atrás pero nunca olvidó.
De repente, ¡es Maradona! ¡es el Diego! ¡el Diego está acá!
El grito se expande como fuego.
El chófer entra en pánico.
—Diego, tenemos que irnos. Esto se está descontrolando. Nos van a hacer bolsa el auto o algo peor.
Diego lo mira tranquilo. Sonríe.
—Abrí la puerta.
—¿Qué?
—Que abras la puerta. Quiero saludar a mi gente.
Diego baja del auto. La multitud explota. Gritos, aplausos, llantos. Gente que cae de rodillas. Gente que no puede creer lo que está viendo. Maradona en su villa.
Diego saluda a todos, uno por uno. No se apura, no tiene prisa. Da la mano, abraza, besa mejillas, se saca fotos, firma autógrafos en papeles, en camisetas, en pedazos de cartón, en cualquier cosa que le acerquen.
Una mujer vieja se abre paso entre la multitud, llega hasta Diego, le agarra la cara con las dos manos. Tiene lágrimas en los ojos.
—Diego, mi hijo está enfermo. Los médicos dicen que necesita una operación, pero no tenemos plata. ¿Podés rezar por él? ¿Podés pedirle a Dios que lo ayude?
Diego la mira, la abraza fuerte.
—Voy a hacer más que rezar, madre. Mucho más.
Caminan hasta la casa de Rodrigo.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Vení rápido! ¡No vas a creer quién está acá!
Sale una mujer de 35 años.
Ve a Diego parado en la puerta de su casa. No reacciona. No puede. Es demasiado. Es imposible. Tiene que ser un sueño.
Diego se acerca, le da un beso en la mejilla,
—Buenas noches, señora. Disculpe que venga sin avisar. Y a esta hora. Su hijo me invitó y no pude decir que no.
La mujer empieza a llorar. No puede hablar. Las lágrimas le caen sin control.
—¿Puedo pasar?
La mujer asiente sin poder hablar, se hace a un lado. Diego entra. Se sienta en la única silla de la casa, la madre le ofrece agua. Es lo único que tiene. Se disculpa por no tener algo mejor. Diego acepta el agua.
Toma. Sonríe.
—El mejor vaso de agua que tomé en mucho tiempo, señora.
La mujer sonríe por primera vez. Una sonrisa pequeña, tímida, pero real.
Diego asiente. Conoce esa cara, esa historia, La vio mil veces en Villa Fiorito.
El nene está parado en un rincón de la habitación. Todavía no puede creer que Maradona está sentado en su casa, en su silla, tomando agua de su vaso.
Diego le hace una seña.
—Vení, Rodrigo. Sentate acá conmigo.
Rodrigo se acerca, se sienta en el piso al lado de Diego. Diego lo mira, le pone una mano en el hombro.
—¿Te gusta el fútbol?
Los ojos del nene se iluminan. Por primera vez en la noche parece un nene de verdad. No un trabajador, no un adulto chiquito. Un nene.
—Sí, me encanta. Juego todos los días en el potrero con los pibes del barrio.
—¿En qué posición?
—Enganche. Como usted.
Diego sonríe. Una sonrisa grande, real.
—¿Y sos bueno?
Rodrigo duda. Mira a su mamá. Mira a Diego.
—No sé. Dicen que sí. Dicen que soy el mejor del barrio. Pero no sé.
Diego se ríe. Se ríe de verdad. Una carcajada que llena la casa.
—Así se habla. El que no cree en sí mismo no llega a ningún lado. ¿Sabés qué me decían a mí cuando tenía tu edad?
Rodrigo niega con la cabeza.
—Me decían que era demasiado petiso, demasiado flaco, que no iba a llegar a nada. Que era un pibe de villa y los pibes de villa no llegan. —Pausa. Diego lo mira directo a los ojos—. ¿Sabés qué hice? No les di bola. Seguí jugando, seguí creyendo. Y acá estoy.
Lo que pasa después cambia la vida de Rodrigo para siempre. Diego saca plata del bolsillo. Mucha plata. Billetes que la madre nunca vio juntos. Más de lo que Rodrigo va a juntar vendiendo pañuelos en un año, tal vez en dos. La madre empieza a llorar otra vez, pero esta vez es diferente. No es tristeza, no es vergüenza. Es algo que no sabe cómo nombrar.
—Diego, no puedo aceptar esto. Es demasiado. No hicimos nada para merecerlo.
—No es para usted, señora. Es para el pibe. Es para que deje de trabajar y vuelva a la escuela. Para que tenga útiles, para que tenga zapatillas. Para que pueda ser un nene.
La madre intenta negarse. Diego no la deja.
—Señora, míreme. Yo nací en Villa Fiorito, a veinte cuadras de acá. Sé lo que es pasar hambre. Sé lo que es no tener para comer. La única diferencia entre su hijo y yo es que alguien me dio una oportunidad. Alguien creyó en mí cuando nadie creía.
Diego se levanta, mira a Rodrigo.
—Escuchame bien. Vas a volver a la escuela. Vas a estudiar. Y si querés jugar al fútbol, vas a entrenar todos los días. ¿Entendido?
Rodrigo asiente rápido.
—Pero si me entero de que dejaste la escuela, vengo y te busco yo mismo. ¿Quedó claro?
Rodrigo sonríe. Una sonrisa enorme.
—Sí, Diego. Te lo prometo.
Diego le revuelve el pelo.
—Bien. Eso quería escuchar. Ahora dame un abrazo.
El nene lo abraza fuerte, con todo el cuerpo, como si no quisiera soltarlo nunca.
Pero Diego hace algo más. Busca a la mujer vieja que le habló de su hijo enfermo. Le pregunta qué tiene exactamente, le pregunta dónde lo atienden. Le pregunta cuánto cuesta la operación. La mujer le dice. Es mucha plata, plata imposible para alguien de la villa. Diego asiente.
—El lunes llame a este número. Pregunte por mi nombre. Ya va a estar todo arreglado.
La mujer cae de rodillas, besa las manos de Diego, llora. Diego la levanta.
—No se arrodille, madre. Yo no soy Dios. Soy Diego. Un pibe de Villa Fiorito, igual que ustedes.
El auto sale de la villa.
El chófer lo mira por el espejo retrovisor.
—Diego, ¿por qué haces esto? ¿Por qué te arriesgas así?
—Porque esa gente soy yo. Yo nací ahí. Crecí ahí. Pasé hambre ahí. Tuve frío ahí. La plata va y viene. La fama va y viene. Los contratos van y vienen. Pero cuando ayudas a alguien, cuando le cambias la vida a un pibe que no tiene nada… eso queda. Eso no se va nunca.
El chófer no dice nada más. No hay nada que decir.
Eso es lo que era Diego. El tipo más famoso del mundo, el mejor jugador de la historia, y paraba el auto a las once de la noche para hablar con un nene que vendía pañuelos en un semáforo.
Nació en Villa Fiorito. Llegó a ser el más grande del mundo. Tuvo fama, plata, gloria. Conoció reyes y presidentes. Jugó en los estadios más grandes del planeta. Pero nunca olvidó de dónde venía. Nunca dejó de parar en los semáforos. Nunca dejó de bajar la ventanilla. Nunca dejó de ver a los que nadie ve.
Hay una frase que Diego dijo muchas veces: “La pelota no se mancha”. Pero tal vez hay algo más que no se mancha: el corazón de alguien que nunca olvida de dónde viene. El corazón de alguien que para el auto cuando todos los demás siguen de largo. El corazón de alguien que ve a los invisibles.
Diego tuvo errores. Tuvo problemas. Tuvo demonios. Tuvo momentos oscuros que todos conocemos. Pero eso no se manchó nunca. Y nunca se va a manchar. Diego Armando Maradona, el pibe de Villa Fiorito que conquistó el mundo y que nunca dejó de ver a los que nadie ve. (De César Aguirre, en el grupo Yo soy el Diego: https://www.facebook.com/groups/2114723918876967/)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts with Thumbnails